Un año después, en la RSPO volvimos a San Pablo, Bolívar, en el norte de Colombia, para reencontrarnos con los pequeños productores que han venido transformando la historia de su territorio. Volver no fue solo un viaje físico, sino un acto de memoria y reconocimiento: escuchar nuevamente a quienes, desde el campo, siguen demostrando que la sostenibilidad puede ser una verdadera herramienta de transformación social.
San Pablo, a orillas del impresionante río Magdalena, es hoy un municipio vivo y activo. Cerca de 30,000 personas lo habitan. Aunque sigue siendo poco conocido para muchos colombianos, basta llegar para percibir movimiento, comercio y una energía que habla de reconstrucción. Esa vitalidad tiene hoy un motor claro: la producción de palma aceitera, que se ha convertido en la base económica y en una fuente de estabilidad para cientos de familias.
Durante décadas, este territorio cargó con las heridas del conflicto armado y de las economías ilícitas. En los años noventa y principios de los dos mil, la violencia asociada a los cultivos ilegales marcó profundamente la vida de las comunidades rurales. Hoy, ese pasado no se olvida, pero tampoco define el presente.
En nuestra visita, volvimos a recorrer los caminos rurales y a encontrarnos con los pequeños productores que han apostado por un modelo distinto. En la finca Villa Amparo, hablamos con Yoger Payares quien nos compartió su historia, una que resume el tránsito de la violencia hacia la dignidad. Con emoción visible, recordó los años más duros del conflicto y el significado de haber logrado reconstruir su vida a través de la palma sostenible: Es muy difícil recordar esas historias… vivimos la violencia cara a cara, a centímetros de distancia, y estar hoy en una situación diferente es profundamente gratificante para nosotros. Ser parte de esta iniciativa nos empoderó. afirmó Yoger.

Hoy, su finca es productiva, sostenible, sus hijos estudian y su familia vive con una sensación de estabilidad que antes parecía imposible.
"Puedo brindar a nuestros hijos lo que antes nunca pudimos. Hoy tengo una pequeña casa y un vehículo para transportar nuestros productos; eso nos ha fortalecido y lo seguirá haciendo. Lo que buscamos con la certificación RSPO es un valor agregado que genere ingresos para sostener a nuestra familia, a nuestra comunidad, a nuestro entorno y a los municipios, porque esta es realmente una cadena que empodera a muchas personas", afirmó Yoger
Parte fundamental de esta transformación ha sido la Extractora Loma Fresca. Desde 2012, la planta se ha consolidado como un pilar económico para San Pablo y su área de influencia. Con una capacidad de procesamiento de 30 toneladas de fruta fresca por hora, Loma Fresca no solo genera empleo e ingresos, sino que ha permitido la formalización de una región que durante años estuvo dominada por la informalidad y la ilegalidad.
Más allá de la infraestructura, Loma Fresca representa una apuesta por el territorio: invertir donde antes pocos se atrevían y acompañar a las comunidades en la construcción de un futuro productivo.
La visita continuó en la finca de Sandra Cárdenas, una productora que habló con convicción sobre el papel de las mujeres en la palma colombiana y sobre cómo este cultivo ha transformado la vida familiar y comunitaria.
"¡Somos sanpableros! El cultivo de palma aceitera cambió todo aquí. Reemplazó los cultivos ilícitos por legales, donde no solo nosotros, sino toda la familia, nos involucramos. Cambió nuestras vidas. Nos ayudó a criar a nuestros hijos y a mejorar nuestra infraestructura y nuestras fincas. Es un cultivo rentable que constantemente nos devuelve lo que le damos", dijo Sandra.

Este proceso de transformación ha sido acompañado por el RSPO Smallholder Support Fund (RSSF), un mecanismo que brinda apoyo técnico y financiero a pequeños productores para fortalecer sus capacidades, mejorar sus prácticas agrícolas y avanzar en los procesos de certificación. A través de la RSSF, los pequeños productores de San Pablo han podido organizarse, acceder a asistencia técnica y dar pasos concretos hacia una producción de palma de aceite más sostenible, generando mejores condiciones económicas y mayor estabilidad para sus familias y su territorio.
También tuvimos la oportunidad de conversar con Francisco Mejía, quien pasó de ser pescador y cultivador de coca en los años más difíciles, a productor de palma sostenible desde hace más de dos décadas. Para él, este cambio significó estabilidad, tranquilidad y un nuevo horizonte para su familia y su comunidad.
"...Que el país pueda ver que esta forma de cultivar palma de aceite sí es posible. Es un cambio en la calidad de vida y también un cambio de cultivos. Esto puede implementarse en todos los municipios donde aún existen tantos cultivos ilícitos. Hoy, es un motor económico".sostuvo Francisco.

San Pablo demuestra que, cuando la palma se desarrolla de manera responsable, con compromiso a largo plazo, alianzas sólidas y organización comunitaria, puede convertirse en una herramienta real de transformación social. En este municipio, el aceite de palma no solo impulsa la economía: hoy sostiene una narrativa distinta, hecha de resiliencia, dignidad y futuro.
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